Aserrín, aserrán

Aserrín, aserrán

Copla popular 
Obra del Eduardo Kingman Garcés.
Primera edición, abril 2017
ISBN 978-9942-28-507-2
28 páginas
500 ejemplares
Impresión offset, cartulinas finas
15 x 15 cm
Idioma: Español
Diseño: Mario Salvador

Sabemos jugar al aserrín, aserrán aunque no recordemos dónde lo aprendimos. Somos capaces de reproducir una y otra vez su historia aunque no guardemos registro claro de cuándo fuimos parte de ella. El aserrín, aserrán supone cercanía de cuerpos dispares, uno grande y otro pequeño; requiere de una mecánica sencilla pero calculada, debe haber espacio para que el cuerpo pequeño se desdoble por completo sin golpearse. Su breve pero efectivo canto nos transporta a lugares imaginarios y/o reales (¿hemos estado en “San Juan”? ¿Conocemos ese “Batán”? ¿o se habla de lugares lejanos, desconocidos?); evoca sabores dulces como la melcocha, la raspadura y alimentos que se nos niegan como el pan y el queso; y, por supuesto, plantea el degollamiento de nuestro bien más preciado, sin el cual no podríamos hacer nada de lo anterior: la cabeza.

Pero este terrible acto de violencia que pone fin al juego (o inicia una serie de repeticiones con todas sus posibles variantes) es vaciado de todo su contenido odioso; violencia desarticulada, convertida en risa por las cosquillas que producen el gesto de cortar el cuello. Y como ocurre en centenares de coplas tradicionales populares, el aserrín, aserrán nos pone en contacto con una voz ancestral que alguna vez concibió al juego como una forma necesaria de proteger a los más vulnerables de verdaderos peligros. Cuando jugamos este juego somos parte del ritual a la vez bondadoso y casi imperceptible del “cuidado”, del “no así”, del “si juegas así te vas a lastimar”, del “mira bien antes de cruzar la calle”.

A manera de diálogo con la copla hemos escogido el sugerente trabajo de Eduardo Kingman Garcés. Paisajes realizados a partir de la construcción geométrica y colores austeros, acompañados por símbolos y letras que no se refieren a un lugar concreto o a una frase racional sino que se presentan como espejismo; símbolos que codifican más allá del territorio físico.

Desde tiempos muy remotos ha estado presente el impulso de representar ciertos fenómenos que conciernen al ser humano en su relación con el mundo físico. Esta fue la base usada para delinear el conocimiento cartográfico, del cual surgieron los mapas de datos, que luego, desembocaron en la cartografía científica tan explorada desde el siglo XIX. Sin embargo, la cartografía que propone el artista -¿podemos llamarte así, Eduardo? – parece ser una, donde las coordenadas están trazadas por estados mentales y emocionales. Una grafía que nos aproxima hacia una espacialidad no localizada. Una cartografía del sentido.

Eduardo Kingman Garcés es un reconocido historiador y antropólogo, quien desde muy pequeño desarrolló la particular pasión por dibujar y escribir con total libertad. Su interés por la memoria, la historia social y cultural de los contextos urbanos, tan valorado en el ámbito académico, está presente también en su trabajo artístico. Kingman (o Kin, como también firma, para contrarrestar cualquier asociación demasiado directa con su famosísimo tío del mismo nombre) nos cuenta que realizó estos dibujos en su estancia en Cataluña y otras regiones de España, donde cursó sus estudios de posgrado acompañado por su joven familia, durante los años 90. Pero seguramente las parcelas de la siembra en los Andes también estaban presentes en su mente. Y la necesidad de jugar con sus hijos. Al ser interrogado por la relación de sus pinturas con el aserrín, aserrán, Kingman dijo “todos hemos sido arrullados alguna vez por su ritmo y su misterio”.

Eduardo Kingman Garcés (Quito-Ecuador)

Doctor en Antropología Urbana por la Universidad Rovira i Virgili y tiene una maestría en Antrop­ología Andina. Cuenta con importantes publicaciones entre las que se destacan “La ciudad y los otros ciudad. Quito 1860-1940: higienismo, ornato y policía” (2006) y “Los trajines callejeros Memoria y vida cotidiana Quito, siglos XIX-XX” (2014) este último en colaboración con Blanca Muratorio. Fue Director de la revista académica “Íco­nos” durante ocho años y Coordinador el Departamento de Antropología, Historia y Humanidades de FLACSO-Ecuador. Su trabajo artístico se ha sido desarrollado de manera silenciosa a lo largo de varias décadas. En 2012 colaboró con sus dibujos en la publicación Correteando (Cajonera.ec). Expuso en GRAFIAS, en el Conteiner- Pobre Diablo, 2014 y recientemente en el Proyecto Waka en Arte Actual, 2018

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